🗞️ Un arma en el aula, una bomba en la educación: ¿cuántas vidas más necesitamos perder para actuar?
- MSc. Juan Pablo Garzón

- 20 jun 2025
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Juan Pablo Garzón/ 20 de junio de 2025
Lo que hoy ocurrió en el Colegio Central Técnico de Quito no es una anécdota escolar ni una excepción trágica. Es el síntoma violento de un sistema educativo abandonado, un grito desesperado que nadie —ni el Ministerio de Educación, ni muchos padres de familia, ni los responsables de diseñar políticas públicas— ha querido escuchar.
Dos adolescentes de apenas 14 y 15 años ingresaron con un arma artesanal a su clase. ¿El objetivo? Presuntamente su profesor. El disparo se activó, pero no dio en el blanco. La tragedia fue evitada no por una política preventiva ni por un protocolo efectivo… sino por un descuido mecánico. ¿De verdad vamos a seguir llamando a esto “casos aislados”?

❌ Un Ministerio que amordaza y maquilla
El Ministerio de Educación lleva años actuando con parches frente a incendios que necesitan reformas estructurales. Incapaz de proteger a su personal docente, amordaza a los educadores con normativas que prohíben “reprimir”, “intervenir” o incluso “levantar la voz”, mientras sus aulas se llenan de miedo, agresión y silencio.
La respuesta institucional a este hecho ha sido suspender clases presenciales. Otra vez, el castigo es para los inocentes. Para los cientos de estudiantes que sí fueron a aprender. Para los docentes que hoy salieron con un nudo en la garganta y las manos atadas.
¿Qué más necesita el Ministerio para actuar? ¿Que un maestro caiga muerto? ¿Que un estudiante termine con una bala en el pecho? La omisión también es violencia.
Padres irresponsables y ausentes: educar no es delegar
El problema no comienza en el aula. Comienza en el hogar.
Cada semana, los docentes convocan a reuniones para padres. ¿Y cuántos asisten? ¿Cuántos se interesan realmente en el comportamiento emocional, afectivo y conductual de sus hijos? La mayoría no aparece, no responde, no colabora. Pero cuando sus hijos infringen normas, sí aparecen para defender lo indefendible.
El discurso de “es solo un niño” se ha convertido en la coartada perfecta para justificar la falta de límites, el irrespeto, la agresión y la impunidad. Y no, no se trata de estigmatizar a los adolescentes. Se trata de que los adultos responsables de su crianza empiecen a ejercer su rol con seriedad.
“Escuelas para padres”… sin plan, sin propósito, sin impacto
Lo más preocupante es que incluso las acciones dirigidas a formar a las familias están igual de rotas.
Muchos centros educativos cumplen “por cumplir” con la famosa “escuela para padres”. Charlas aisladas, conferencias sin continuidad, talleres sin seguimiento. No hay un programa estructurado, con objetivos claros, indicadores de avance y herramientas reales.
Y cuando hay intentos valiosos de hacer algo mejor, los padres no asisten. No valoran. No priorizan. ¿Cómo se puede formar a alguien que no quiere ser formado?
⚠️ ¿Qué más tiene que pasar?
En países como Estados Unidos, donde estas señales fueron ignoradas por años, hoy se cuentan las víctimas por decenas. ¿Queremos importar esa realidad a nuestras aulas? ¿Vamos a esperar a llorar una masacre para tomar decisiones firmes?
Este hecho no puede quedar en el olvido mediático de la semana.

Se necesita:
Una reforma urgente al sistema disciplinario escolar, con mecanismos reales de prevención, intervención y sanción.
Protocolos claros para casos de violencia escolar armada y riesgos psicosociales.
Formación estructurada, intensiva y obligatoria para padres, con acompañamiento profesional.
Una evaluación profunda del modelo de escuelas para padres que actualmente es decorativo, no transformador.
Y sobre todo: una voluntad política real de proteger la vida, la dignidad y el futuro de los que aún creen en la educación.
Porque la verdadera pregunta no es si los estudiantes están seguros.
La verdadera pregunta es:¿quién protege a los que intentan educarlos, a pesar del abandono?


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